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domingo, 29 de abril de 2018

Antonio Machado, gran hombre y poeta vinculado a su tiempo y el pueblo; Elena Ódena, 1975


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Al cumplirse el centenario del nacimiento de nuestro gran y admirado Antonio Machado no podíamos dejar de rendir, desde estas páginas de «Acción», un sentido homenaje a este gran español, poeta y escritor que hizo más que ningún otro intelectual de su generación por colocarse en todo momento a la altura de las circunstancias, por ser un hombre profundamente metido en los problemas cruciales de su pueblo y que siempre, sin miedo, con valor y generosidad defendió todo aquello que consideró justo.

No es por casualidad que, cien años después de su nacimiento, constituya para las nuevas generaciones un símbolo del verdadero intelectual, del hombre lúcido y valeroso que no concibió su existencia sin preocuparse hondamente por la realidad de su tiempo, por el pueblo y la tierra en que nació, vinculando toda su existencia estrechamente a las peripecias del vivir de su tiempo.

Pero Antonio Machado es también para las nuevas generaciones el símbolo del español que tuvo que abandonar su tierra, exiliarse poco antes de acabar nuestra guerra contra el fascismo, yendo a morir, pocos días después, de amargura y como consecuencia de las penalidades del éxodo, en el pueblecito francés de Colliure, a pocos kilómetros de la frontera. Pese a los esfuerzos de los «oficiales» del régimen franquista por «recupera» a Machado, organizando en torno a su centenario toda una serie de grotescos actos y mediante toda una serie de escritos y publicaciones, falseando el verdadero sentido de la vida y la obra de Machado, en cuanto a su repudia de la monstruosa ideología oscurantista y la política de los que hoy mandan en España, de los señoritos y verdugos del pueblo, que tanto fustigó él, la celebración de su centenario ha promovido, pese a todas las dificultades y medidas represivas, una gran serie de actos, reuniones, coloquios, escritos y comentarios que reflejan la honda preocupación de las nuevas generaciones de intelectuales y de todo el pueblo por levantar la imagen de Machado como símbolo del compromiso que los escritores e intelectuales y todo hombre de bien deben aceptar con la realidad de su tiempo y de sus problemas cruciales al lado del pueblo. Sin duda alguna, todos los intelectuales, miembros y amigos del FRAP, deben ser los primeros en seguir promoviendo y organizando la labor de dar a conocer la persona y la obra de este gran español y pensador que fue Machado.

En lo que a su obra literaria y a sus escritos se refiere, salta a la vista a lo largo de todos ellos, desde los primeros hasta los últimos, y dejando de lado las disquisiciones de algunos, que contraponen unas épocas de su vida a otras y unas posturas a otras, complicándolo todo con imaginarias rupturas en Machado, entre su ser subjetivo y su posición objetiva, que Machado, como todas las personas pensantes, ha seguido un proceso en su trayectoria por vincularse cada día más estrecha y profundamente a las realidades y los problemas de su momento y con las circunstancias concretas de los lugares por donde ha pasado. Tanto en «Campos de Castilla», como en sus escritos del «período Baeza», se refleja esa constante compenetración de Machado con aquellos que trabajan para vivir, frente al señoritismo de los ricos del campo, señoritismo que él calificara, con la agudeza que le caracterizaba, como «un estilo peculiar de no ser hombre».

Aunque también formó parte de aquellos intelectuales insertados en la Institución Libre de Enseñanza, Machado nunca adopta una actitud de paternalismo ni de condescendencia hacia el pueblo, sea este culto o analfabeto, sino todo lo contrario. El, simplemente, transmite, comunica a su pueblo lo que en su vivir y mirando al pueblo, ha ido aprendiendo y descubriendo en cuanto al hombre y su existencia; nunca se sitúa por encima de aquellos a quien se dirige, sino que siempre habla a sus iguales y amigos.

Ya en los años veinte, Machado era miembro de la Alianza Republicana –en 1926–, aunque al mismo tiempo fustigaba a los que sólo se atrevían a vislumbrar una República mirando más hacia el pasado que hacia el futuro y más hacia arriba que hacia abajo, atreviéndose a decir: «¿Cuántas vueltas darán los pobres reformistas antes de caer en el saco de la basura?».

En Machado todo es andar hacia adelante, ir abriendo camino al andar. Hay pues en él un constante caminar y avanzar, no hay ruptura ni cambios bruscos. Todo cuanto más tarde expresó e hizo durante los años treinta y durante nuestra guerra, no fue más que el resultado de su lógica e inevitable evolución, habiendo él escogido el caminar con los de abajo, con el pueblo, frente a los señoritos y reformistas sin perspectivas.

Sin querer, pues, hacer decir a los muertos lo que no pueden ya refutar, podemos afirmar, no obstante, que hoy Machado estaría con nosotros, con los que seguimos luchando por una España libre, sin señoritos ni pobres reformistas y vendepatrias. Estaría con esa juventud revolucionaria que se atreve a luchar y a levantarse contra la dictadura y los yanquis, como lo estuvieron aquellos jóvenes que lucharon heroicamente durante nuestra guerra contra el fascismo de 1936-1939.

Baste citar, para demostrar que así sería, las siguientes palabras, escritas por él, en Valencia, en abril de 1937:

«¿Por qué esos militares rebeldes [se refiere a Franco y sus secuaces] volvieron contra el pueblo las mismas armas que el pueblo había puesto en sus manos para la defensa de la nación? ¿Por qué no contentos con esto, abrieron sus fronteras y los puertos de España a los anhelos imperialistas de las potencias extranjeras? Yo os contestaría: en primer lugar, por los treinta dineros de Judas, quiero decir, por las míseras ventajas que obtendrían ellos, los pobres traidores a España, en el caso de una plena victoria de las armas de Italia y Alemania en nuestro suelo». (Antonio Machado; Meditación del día, 11 de abril 1937)

Y concluye nuestro Machado en el mismo escrito con palabras que son de una total actualidad, cambiando solamente los nombres de Italia y Alemania por el del imperialismo yanqui:

«Por fortuna, la venta se ha realizado en falso, como siempre que el vendedor no dispone de la mercadería que ofrece. Porque a España, hoy como ayer la defiende el pueblo: es el pueblo mismo algo muy difícil de enajenar. Porque por encima y por debajo y a través de la truhanería inagotable de la política internacional burguesa, vigila la conciencia internacional de los trabajadores». (Antonio Machado; Meditación del día, 1937) (Elena Ódena; Antonio Machado, gran hombre, y poeta vinculado a su tiempo y el pueblo, 1975)

lunes, 27 de julio de 2015

Antonio Machado sobre la defensa antifascista de Madrid y la naturaleza del pueblo español


«En efecto, soy viejo y enfermo, aunque usted por su mucha bondad no quiera creerlo: viejo, porque paso de los sesenta, que son muchos años para un español; enfermo, porque las vísceras más importantes de mi organismo se han puesto de acuerdo para no cumplir exactamente su función. Pienso, sin embargo, que hay algo en mí todavía poco solidario de mi ruina fisiológica, y que parece implicar salud y juventud de espíritu, si no es ello también otro signo de senilidad, de regreso a la feliz creencia en la dualidad de sustancias.

De todos modos, mi querido Vigodsky, me tiene usted del lado de la España joven y sana, de todo corazón al lado del pueblo, de todo corazón también enfrente de esas fuerzas negras –¡y tan negras!– a que usted alude en su carta.

En España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos –nuestros barinas– invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva. En España, no hay modo de ser persona bien nacida sin amar al pueblo. La demofilia es entre nosotros un deber elementalísimo de gratitud». (Antonio Machado; Carta a David Vigodsky, 20 febrero de 1937)

miércoles, 1 de julio de 2015

El poeta y el pueblo según Antonio Machado


«Cuando alguien me preguntó, hace ya muchos años, ¿piensa usted que el poeta debe escribir para el pueblo, o permanecer encerrado en su torre de marfil –era el tópico al uso de aquellos días– consagrado a una actividad aristocrática, en esferas de la cultura sólo accesibles a una minoría selecta?, yo contesté con estas palabras, que a muchos parecieron un tanto evasivas o ingenuas: «Escribir para el pueblo –decía mi maestro– ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos –claro está– de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es, por de pronto, escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas de inagotable contenido que no acabamos nunca de conocer. Y es mucho más, porque escribir para el pueblo nos obliga a rebasar las fronteras de nuestra patria, es escribir también para los hombres de otras razas, de otras tierras y de otras lenguas. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España, Shakespeare, en Inglaterra, Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. Tal vez alguno de ellos lo realizó sin saberlo, sin haberlo deseado siquiera. Día llegará en que sea la más consciente y suprema aspiración del poeta. En cuanto a mí, mero aprendiz de gay-saber, no creo haber pasado de folklorista, aprendiz, a mi modo, de saber popular.


Mi respuesta era la de un español consciente de su hispanidad, que sabe, que necesita saber cómo en España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo, cómo en España lo esencialmente aristocrático, en cierto modo, es lo popular. En los primeros meses de la guerra que hoy ensangrienta a España, cuando la contienda no había aún perdido su aspecto de mera guerra civil, yo escribí estas palabras que pretenden justificar mi fe democrática, mi creencia en la superioridad del pueblo sobre las clases privilegiadas». (Antonio Machado; El poeta y el pueblo, 16 de julio de 1937)